Vivir en emergencia permanente

Editorial 08 de noviembre de 2018 Por
A 35 años de la vuelta de la democracia, es útil reflexionar sobre cómo está transcurriendo la vida institucional en Argentina y, en particular, cuáles son las discusiones que predominan en la agenda política. La buena noticia es que hay democracia. La mala noticia es que no se está aprovechando en su totalidad.
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Hace mucho tiempo que, en el debate público argentino, salvo excepciones, no se discuten ideas ni proyectos concretos a largo plazo. Esta falencia no es solo atribuible a quienes participan de este debate, ya sean periodistas, intelectuales, políticos y demás personas de la sociedad civil. El fenómeno muchas veces parece excederlos. Ocurre que el debate público se encuentra monopolizado por escándalos políticos, económicos y sociales cotidianos que requieren atención inmediata.
Así, en general, no hay intercambios sobre ideas y proyectos, sino solo discusiones sobre cómo sacar las papas del fuego. Después de todo, no es fácil debatir sobre la Argentina en diez años si no sabemos cómo terminará la semana.
Se trata de una situación que también va moldeando la cultura del argentino promedio, para quien es difícil pensar a futuro y trata de rebuscársela a medida que transcurren los días. Se las arregla con poco, porque la política, con mucho, no ha hecho demasiado. Pero sería injusto culpar solo al actual Gobierno. Esta es la dinámica predominante hace ya mucho tiempo. A 35 años de democracia, estamos inmersos en lo que podríamos llamar "la cultura de la emergencia".
En la cultura de la emergencia, no podemos discutir planes que garanticen estabilidad económica a largo plazo. No tenemos tiempo para eso, pues estamos ocupados usando reservas del Banco Central para controlar el dólar, o acudiendo de urgencia al FMI para salir del paso.
Tampoco podemos discutir proyectos de ley claves en el Congreso sin que grupos organizados se aproximen al edificio y destrocen el espacio público.
La cultura de la emergencia no permite debatir sobre proyectos educativos a nivel primario y secundario, o analizar cómo mejorar el desempeño de los estudiantes en los exámenes PISA. Hay que encargarse de lo urgente: los estudiantes no comienzan las clases por el paro docente.
Inmersos en la cultura de la emergencia, se hace imposible discutir reformas en el diseño institucional del Poder Judicial. Ese espacio es ocupado por escándalos de corrupción que salen constantemente a la luz, entre acusaciones y rumores de presiones que vuelan de un lado para el otro y que marean hasta al más sofisticado de los analistas.
Como vive en emergencia, el ciudadano promedio no piensa demasiado en ahorrar, porque se impone la necesidad de llegar a fin de mes. Por supuesto que el Gobierno no alivia demasiado la carga impositiva. No hay mucho tiempo para emprendedores: lo importante es recaudar dinero ahora para poder lidiar con el déficit (sin bajar demasiado el gasto público). Ni que hablar del tercio del país que se encuentra en el máximo nivel de emergencia, para quienes las diferentes gestiones no han hecho más que ofrecer paliativos, que por definición son superficiales y momentáneos.
Hay políticos que, sin embargo, también tienen sus propias emergencias. De campaña en campaña, no tienen tiempo para discutir ideas y reformas a largo plazo, por estar dedicando su carrera al lobby, tejiendo vínculos y acuerdos políticos para ganar las elecciones y llegar al poder.
En la cultura de la emergencia, y a 35 años de democracia, la Argentina vive en transición, como preparándose para algo que no se sabe bien qué es, pero que tampoco hay mucho tiempo de analizar, por tener que lidiar con problemas urgentes que emergen todos los días, y que ocupan gran parte de la agenda política.
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