"Los honores y el poder pasan sin dejar huella"

Culto Católico 05 de noviembre de 2018 Por
Misa por los cardenales y obispos que fallecieron durante el último año: "no a la cultura del maquillaje que cuida las apariencias", "una vida desvaída, rutinaria, que se contenta con hacer su deber sin darse, no es digna de Dios".
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"Estamos de paso" en esta vida y en camino hacia el cielo. Para prepararse a esto "es indispensable" distanciarse de "las apariencias mundanas", diciendo "no a la "cultura del maquillaje", que enseña a cuidar las apariencias". En la misa en San Pedro, en sufragio de los cardenales y obispos que perdieron la vida durante el año, el Papa Francisco invitó a ampliar la mirada hacia las cosas eternas sin tener en cuenta las "dinámicas terrenales". "Veamos más allá", porque "lo que el mundo busca y ostenta (los honores, la potencia, las apariencias, la gloria) pasa, sin dejar nada", afirmó el Pontífice, quien citó la frase del "Principito" de Antoine de Saint-Exupéry, "lo esencial es invisible a los ojos", para proponer la advertencia de San Pablo: "No fijemos la mirada en las cosas visibles, sino en las cosas invisibles, porque las cosas visibles son de un momento; las invisibles son, por el contrario, eternas".
El Papa Bergoglio exhortó a purificar el corazón, "el interior del hombre, precioso a los ojos de Dios" y "no el exterior, que se desvanece", y a vivir la vida como una perenne preparación al matrimonio con el Esposo, Jesucristo. El Papa reflexionó en su homilía sobre la parábola evangélica de las diez vírgenes que "salieron al encuentro del esposo". "La vida es para todos una constante llamada a salir: del vientre de la madre, de la casa en donde se nació, de la infancia a la juventud y de la juventud a la edad adulta, hasta la salida de este mundo", observó el Pontífice. "También para los ministros del Evangelio, la vida es en constante salida: de la casa familiar a la casa a la que nos manda la Iglesia, de un servicio a otro; siempre estamos de paso, hasta el paso final".
Esta "salida constante" tiene un objetivo, una meta y un sentido: salir al encuentro de Jesús. Esto orienta "la vida, no otras cosas", subrayó el Papa. "Es un final que ilumina lo que antecede. Y como la siembra se juzga según la cosecha, de la misma manera el camino de la vida se define a partir de la meta".
Entonces, se convierte en "una cotidiana preparación al matrimonio, un gran noviazgo". "Preguntémonos", pidió el Obispo de Roma, "¿vivo como uno que prepara el encuentro con el Esposo? En el ministerio, tras todos los encuentros, actividades que hay que organizar y prácticas de las que hay que ocuparse, no hay que olvidar el hilo que une todo el tejido: la espera del Esposo. El centro no puede ser más que un corazón que ama al Señor". Y frente al Señor "no cuentan las apariencias", esas que ofrece el mundo, sino "el corazón".
El Papa reflexionó particularmente sobre otra característica: la de no ser vistoso, sino esencial. Francisco indicó que, hay un segundo aspecto importante: el aceite existe para ser consumido. Solo ilumina quemándose. "Así es la vida – precisó el Pontífice – difunde luz solo si se consume, si se gasta en el servicio. El secreto de la vida es vivir para servir. El servicio es el billete que se debe presentar en la entrada de las bodas eternas. Lo que queda de la vida, ante el umbral de la eternidad, no es cuánto hemos ganado, sino cuánto hemos dado. El sentido de la vida es dar respuesta a la propuesta de amor de Dios. Y la respuesta pasa a través del amor verdadero, del don de sí mismo, del servicio".
Esta llama del servicio debe ser alimentada con el amor, recordó Francisco. Y esta es la tercera característica del aceite, que surge de modo relevante: su preparación. El aceite se prepara con tiempo y se lleva consigo, igual que el amor, que "es ciertamente espontáneo, pero no se improvisa. Precisamente en la falta de preparación está la imprudencia de las vírgenes que quedan fuera de las nupcias. Ahora es el tiempo de la preparación: en el momento presente, día tras día, el amor necesita ser alimentado. Pidamos la gracia para que se renueve cada día el primer amor con el Señor, para no dejar que se apague. La gran tentación – advirtió el Papa – es conformarse con una vida sin amor, que es como un vaso vacío, como una lámpara apagada. Si no se invierte en amor, la vida se apaga".
Por ello, "los llamados a las bodas con Dios no pueden acomodarse a una vida sedentaria, siempre igual y horizontal, que va adelante sin ímpetu, buscando pequeñas satisfacciones y persiguiendo reconocimientos efímeros. Una vida desvaída, rutinaria, que se contenta con hacer su deber sin darse, no es digna del esposo".
Y así, concluyó Francisco, "pidamos la intercesión de quien ha vivido sin querer aparentar, de quien ha servido de corazón, de quien se ha preparado día a día al encuentro con el Señor. Siguiendo el ejemplo de estos testimonios, que gracias a Dios existen, y son tantos, no nos conformemos con una vista breve sobre el hoy; deseemos, por el contrario, una mirada que vaya más allá, hacia las nupcias que nos esperan".
Durante la misa, el Pontífice recordó a los cardenales, obispos y arzobispos que perdieron la vida en los últimos doce meses: fueron 154 prelados y 9 purpurados. Son estos: Bernard Panafieu , Andrea Cordero Lanza di Montezemolo, Bernard Francis Law, Karl Lehmann, Keith Michael Patrick O’Brien, Ignace Pierre VIII Abdel-Ahad, Dario Castrillon Hoyos, Miguel Obando Bravo, Jean-Louis Tauran.

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