Las dudas a la orden del día

Enfoques 05 de noviembre de 2018 Por
Por Vicente Massot No es cierto que las leyes trascendentales —como la de reforma previsional, votada en diciembre del pasado año, o la del presupuesto 2019, que acaba de recibir la aprobación correspondiente por parte de la Cámara de Diputados— se decidan en las calles antes que en el Congreso Nacional.
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Cuanto demuestra nuestra historia reciente es precisamente lo contrario. Los sectores de la izquierda maximalista y las falanges kirchneristas, que han agitado hasta el cansancio la idea predicha, deberían revisar el pasado y analizar con un mínimo de rigor la cuestión.
Es posible que algo de ello haya ocurrido en mayo de 1973, con posterioridad al juramento de Héctor Cámpora como presidente de la Nación. Entonces, las agrupaciones armadas revolucionarias y sus respectivos aparatos de superficie marcharon a la cárcel de Villa Devoto y condicionaron a los diputados y senadores, que a las apuradas votaron una mal llamada ley de amnistía. En realidad resultó una desincriminación masiva. Pero entre aquella militancia dispuesta a matar y morir y esta otra —de ordinario, rentada y cómoda— media un abismo. En la década de los setenta del siglo pasado el espejismo que obró la revolución cubana y la fascinación que, sobre minorías muy significativas, ejerció la lucha armada, dieron lugar a pensar que las normas dependían de la boca de los fusiles y de la movilización masiva en los espacios públicos. Una parte importante de la sociedad lo creyó así y dio su apoyo en las urnas a los candidatos del Frente Justicialista de Liberación. Hoy, más que un crimen comportaría un error de bulto suponer que el espectáculo de violencia montado en torno del Congreso podría redundar en un beneficio electoral para sus responsables.
No se entiende, pues, qué puede ganar la viuda de Kirchner alentando tamaña esgrima subversiva. La violencia política fue hace cuatro décadas bien recibida por la mitad del país y se la consideró una conducta legítima. Sería comprensible que los K, si se diesen las mismas circunstancias, repitiesen el libreto. En cambio, en un contexto que nada tiene en común con aquél, la partitura luce descabellada. Macri —de más está decirlo—, muy agradecido…
Todos sabíamos que la ley de leyes iba a ser aprobada. Lo que ninguno estaba en condiciones de determinar era cuántas concesiones debería extenderle el oficialismo a los gobernadores peronistas para que estos —tan necesitados como el Gobierno nacional en la materia— disciplinasen a su tropa en la cámara baja a fin de dar primero el quórum y —acto seguido— conseguir la media sanción. Era literalmente imposible que los caudillos justicialistas del interior fuesen a secundar a Cristina Fernández en su recusación absoluta del Presupuesto. Resultaba lógico, en cambio, que amagasen romper, que fuesen y viniesen con reclamos varios y que sus discursos hasta tuvieran, al menos por momentos, un tono crítico. Todo para terminar cerrando un acuerdo, que ellos ansiaban tanto como el macrismo.
Cambiemos llegará de esta manera, a fin de año, con los dos instrumentos que le eran imprescindibles a los efectos de adentrarse en el desierto que tiene por delante y que deberá transitar en los próximos meses. Cuán larga será la travesía es algo que, a esta altura, nadie está en condiciones de pronosticar. Entre los vaticinios apocalípticos del kirchnerismo y las esperanzas de la gente de Cambiemos hay una distancia inconmensurable. Con todo, unos y otros coinciden en las dificultades de los meses por venir. En el corto plazo no hay quien aliente expectativas de carácter optimista.
Hasta el staff report elaborado por el equipo de Alejandro Cardarelli para conocimiento del directorio del Fondo Monetario Internacional levanta dudas —de no poco peso— respecto del plan económico de la administración macrista. No son sus reservas —como se comprenderá— las de un organismo opositor a Cambiemos. Por el contrario, viene de darle a la Argentina un apoyo inédito, sin el cual Macri hubiese corrido el serio riesgo de terminar sus días en la Casa Rosada como Fernando De la Rúa. Y sin embargo, en el mismo momento en que el oficialismo obtenía en el Congreso un triunfo acorde con las expectativas del Fondo, hete aquí que se da a conocer este documento sin anestesia.
Si para muestra vale un botón, aquí va. Dice que "la deuda es sostenible, pero no con una probabilidad alta", para puntualizar después, de manera detallada, cuáles son los riesgos que deberá sortear el Gobierno en los próximos cinco años. El paper resalta que la situación financiera de la Argentina es de cuidado en virtud del stock de deuda en moneda extranjera que se ha tomado en los últimos meses.
No corresponde aquí analizar las observaciones y reparos del organismo monetario. Baste señalar que aún quienes desean en el concierto mundial el éxito del actual gobierno argentino no dejan de apuntar sus flancos débiles y de mostrar que su confianza en el mismo dista mucho de ser ilimitada.
No se crea que las dudas solo anidan en los técnicos del FMI. Durante la pasada semana hubo un cambio de opiniones muy significativo entre dos de los más prestigiosos economistas del país, Carlos Rodríguez y Ricardo Arriazu. No se juntaron a discutir ni coincidieron en un simposio. El primero de los nombrados, en un programa de radio, expuso su visión acerca de las consecuencias que tendrán, en no mucho tiempo, las Leliq. Fue sobre el particular categórico, como es su costumbre, y calificó como "una locura" lo que está haciendo el equipo económico en punto a política monetaria. En una conferencia, días más tarde, Arriazu le salió al cruce diciendo, siempre con respeto, que Carlos Rodríguez estaba equivocado y que había leído mal los números. Lo interesante del caso es que las diferencias enormes no se dan entre Kicillof y uno de los dos liberales de fuste mencionados, sino entre ellos.
Tampoco sería correcto circunscribir la cuestión a los observadores o analistas que miran la situación desde fuera del Gobierno. Con la crisis se han producido, de puertas para adentro de la coalición gobernante, algunas grietas cuya evolución es de difícil pronóstico. Contra lo que podría pensarse no se trata de las reservas que existen en la cabeza de los socios menores de Cambiemos ni de los destemplados arranques de cólera de Lilita Carrió. En medio del presente tembladeral, Mauricio Macri, María Eugenia Vidal y Horacio Rodríguez Larreta no siempre coinciden y ya no actúan, como en el pasado, en tándem. La gobernadora bonaerense está molesta con el Presidente mientras el lord mayor de la capital se encuentra desaparecido. Aquella se considera postergada en el reparto presupuestario, en tanto éste ha decidido mantenerse al margen de los problemas que aquejan al Poder Ejecutivo nacional. Ninguno se ha pintado la cara ni tiene intenciones de hacer rancho aparte. Sería descabellado siquiera insinuarlo. Pero en su intento de preservarse del deterioro que inevitablemente acarrea una crisis de estas dimensiones, ya no piden permiso para actuar.

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