Dos coaliciones frente a frente

Enfoques 06 de julio de 2019 Por
enfoque

Por Vicente Massot

A las plataformas electorales nadie les presta atención. Tanto es así que los distintos partidos ni se molestan en redactarlas, como lo hacían décadas atrás, con pelos y señales. Basta borronear cuatro o cinco vaguedades de todos conocidas y poco más, para cumplir esa formalidad. Lo que vayan a hacer con el poder a partir del 10 de diciembre próximo Mauricio Macri, Alberto Fernández, Roberto Lavagna o cualquier otro de los contendientes sólo podrían anunciarlo una vez que se hubiesen asegurado el triunfo. Lo contrario supondría un suicidio en atención al hecho de que las políticas públicas que deberán ejecutar no gozaran del beneplácito del electorado.
Ha trascendido que el presidente de la Nación le encomendó a cuatro de sus colaboradores de mayor confianza —Andrés Ibarra, Francisco Cabrera, Gustavo Lopetegui y Mario Quintana— la ardua tarea de preparar un programa de gobierno para poner en práctica durante los primeros cien días de su segundo mandato. Ello —se entiende— en el caso de ser reelecto. La decisión revela, al menos, tres cosas distintas. Por de pronto, trasparenta la estima intelectual de Mauricio Macri respecto de quienes son o fueron sus funcionarios en los casi cuatro años que lleva en la Casa Rosada. Sin exagerar la nota puede decirse que, aun cuando ya no ocupan lugar alguno en la jefatura de gabinete, tanto Lopetegui como Quintana siguen siendo "los ojos y oídos" del jefe del Estado.
En segundo término pone de manifiesto el optimismo que, de buenas a primeras, se respira en los despachos del oficialismo. Es como si el horizonte que lucía negro dos meses atrás, se recortase ahora con tonalidades claras. La paz cambiaria, el reciente acuerdo con la Unión Europea, un índice inflacionario que el macrismo considera que lleva una tendencia a la baja y las primeras encuestas conocidas luego de la homologación de las candidaturas, en el pasado 22 de junio, le han devuelto la esperanza de ganar. En tercer término, deja entrever hasta qué punto en Balcarce 50 son conscientes de las dificultades a las cuales deberán enfrentarse. Por lo tanto, no desean improvisar sobre la marcha.
Nadie sabe qué grado de profundidad tendrá el plan del que se han trazado —de momento— apenas unas líneas directrices de carácter general. Pero el solo hecho de dotar a la administración de una estrategia —que no es otra cosa que prepararse para la acción— demuestra una cuota de realismo desconocida en las filas de Juntos por el Cambio. Ante la imposibilidad práctica de anticipar las principales medidas que tratará de llevar adelante —si acaso las urnas le confirieran una segunda oportunidad— el saber dónde y cómo golpear de entrada implica, de parte del gobierno, un acto de seriedad.
Si bien el estado mayor del kirchnerismo no ha echado a correr —como sí el oficialismo— la noticia de que ha reunido un equipo con el propósito específico de delinear un curso de acción, es seguro de que existe. Nadie que no fuera un improvisado en la materia o un absoluto irresponsable se dejaría estar y postergaría, hasta conocer el resultado de los comicios, la confección de un plan concreto. Aunque en esto el oficialismo le lleva una ventaja considerable a su único adversario de fuste. Mientras Macri está en condiciones de dar una orientación acerca de lo que quiere sin consultarlo, Alberto Fernández carece de ese margen de maniobra. Depende, en última instancia, del parecer de la viuda de Kirchner.
Además —y a diferencia de lo que sucede en las filas de la coalición gobernante— en el universo K hablan todos y no se cuidan de nada. Lo cual deja la impresión de que el candidato a presidente de la escuadra populista sólo maneja parte de los hilos. Tanto poder como Alberto Fernández acredita La Cámpora; y mucho más tiene quien decidió que figurara al tope de la fórmula.
Lo expuesto puede que no sea un impedimento en las PASO para triunfar. En cambio, no sería de descartar que le jugase en contra en un eventual ballotage. La razón es sencilla de explicar: en las primarias abiertas el fenómeno del miedo no aparecerá en toda su magnitud. No saber a ciencia cierta qué hará el kirchnerismo con la economía, la Justicia y las libertades públicas, son cuestiones que el 11 de agosto no impedirán a los partidarios o simpatizantes de Lavagna, Espert y Gómez Centurión, votarlos. El 24 de noviembre, inversamente, con sólo dos contendientes en carrera y la presidencia en juego a suerte y verdad, si el kirchnerismo generase incertidumbres y por eso mismo el factor miedo se hiciese un lugar en el escenario, sus chances de ganar decrecerían abruptamente.
Los desafíos que tienen por delante las dos coaliciones que se disputarán el poder en agosto, octubre y noviembre son harto diferentes. Véase que, en tanto a Mauricio Macri se le hace menester sacarse de encima el presente, sus rivales necesitan hacerse perdonar su pasado. A los fines de convencer a los todavía indecisos —los que definirán el pleito en las urnas— el gobierno debe pensar en el futuro y generar una esperanza similar a la que produjo en 2015. Como no puede ufanarse de su gestión actual, no tiene otro camino que seducir a los votantes con base en la expectativa de realizar lo que dejó pendiente en estos cuatro años.
En cuanto al kirchnerismo, si insistiese en repetir el libreto desenvuelto entre 2003 y 2015, se equivocaría de medio a medio. A la masa de desencantados del macrismo, el solo pensar que la fórmula de los Fernández regresaría con la consigna de "Vamos por todo" lo espanta. Para vencer debe demostrar que sus pujos despóticos son cosas de antaño, que no volverán a repetirse.
Demás está decir que las debilidades de los unos y los otros son de conocimiento público. El macrismo sabe dónde le aprieta el zapato al kirchnerismo y viceversa. Por ello, en paralelo al desafío antes explicado, habrá otro referido a las acusaciones que se levantaran en los dos campamentos para descalificarse mutuamente. El gobierno ya ha puesto en circulación su consigna de ataque, "Democracia o autoritarismo", que apunta a dividir los campos de manera clara y tratará de arrumbar a los K en el lugar de los condenados a cargar con un mote maldito. Es de descontar que los K buscarán hacer blanco en los índices de pobreza, inflación y recesión que están a la vista.
Hay motivos suficientes, al menos hoy, para considerar que las posibilidades del kirchnerismo de hacerse con la presidencia dependen de dos condiciones: obtener una ventaja de más de seis puntos en las PASO y ganar en la primera vuelta la gobernación de Buenos Aires. Mientras que las chances del macrismo de retener el poder se concentran en el balotaje.

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