Junio del ‘55

Enfoques 14 de junio de 2019 Por
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Por Alcides Castagno - La casona de Guadalupe albergaba a unos 200 entre chicos, intermedios, medianos y grandes. De 11 a 23, todos. Los árboles flanqueaban el largo camino de entrada, desde la avenida hasta la pesada puerta que separaba la vida secular de esas 200 vocaciones, que devendrán en sacerdotes –unos pocos- o se abrirá para la mayoría acompañando un gesto en la despedida hacia nuevos interrogantes.
Junio del ‘55. Era inevitable la contaminación de una política combativa, que enfrentaba cada vez más profundamente al Estado con la Iglesia. Los más chicos poco sabíamos. Los más grandes, los que estaban autorizados a leer diarios y escuchar –casi a escondidas- las radios que podían llegar en onda corta y difundían los avatares del País, con la distribución de panfletos y chistes sobre la dictadura y Aloé, y Borlenghi y tantos otros. Al salir para alguna misión de servicio, ocultaban sus sotanas; al volver, divulgaban sus historias.
Ávidos, esperábamos el recreo para que el bedel nos ilustre o nos distraiga. Después, si se armaba, al fútbol. Allá la pelota mal conservada, el calzado elemental, los pies desnudos y los héroes de siempre: el Bati, que le daba de puntín sin timideces, o el flaco Peteán, que desde la defensa disparaba su tiro y su alpargata al mismo tiempo; el gallego García, líder nato, Piccolo, Virili, el zurdo Foschiatti y tantos otros, gigantes en la cancha chica pero nuevamente niños al salir de la ducha.
Rezábamos por el País, ese ente sin forma precisa que se escribía con mayúscula y que acaso podía transformarse en peligroso. Algunos rumores llegaban, y nombres… Tato, Novoa… Y de nuevo volvíamos al micromundo de pasar las galerías con aserrín, descubrir en las valijas que venían desde casa el paquete de masitas, los caramelos, la mitad de una torta, unas líneas de mamá y algún dinerito de papá, tesoros sin medida, aunque rápidamente degradables.
Nuestra revolución esperaba para más adelante, pero la de ellos estalló aquel 16. Lo adivinamos en algunas corridas, palabras sueltas, bombardeo, traición, muertes, ejército. Lejos, gente que moría entre estallidos.
Al caer la noche no todo era igual. Alguien trajo la noticia de que atacaban iglesias, incendiaban altares, profanaban sagrarios. Sentado en el borde de la cama, después de las oraciones más fervorosas que nunca, lo miraba a Ricardo, con quien llegamos juntos aquel día, y Luicho, Bordenave, Benassi, el Beto, todos mirándonos con el miedo del quién sabe y la incertidumbre del qué será.
Mautino, el movedizo bedel, nos juntó en un extremo del largo dormitorio, trató de tranquilizarnos lo mejor que pudo –pudo poco- y nos informó que los mayores harían guardia desde las ventanas altas, por si alguien decidía atacarnos, cosa poco probable pero posible para nosotros. Algunos se sintieron inmersos en una guerra sin armas, otros, carne de martirio. Y nos acostamos.
A lo largo de la noche, recortadas en la escasa luminosidad de las ventanas, asomaban prudentemente las siluetas redondas de las cabezas más osadas de los desobedientes, que pretendían descubrir a lo lejos la invasión de alguna turba incendiaria, que –claro está- no llegó.
Amaneció el 17 con el frío de junio y la misma rutina, esta vez regada de comentarios y nueva expectativa. La Misa con flamantes intenciones, la hora de estudio llegó sin traer consigo la concentración necesaria; almuerzo con garbanzos, el recreo, la alpargata del flaco, el puntín del Bati, el ganamos o perdimos, el pelón en la rodilla, campana, silencio vespertino. Había estallado una patria de antinomias y venganzas mientras el cansancio nos ganaba por goleada.
En la casona de Guadalupe, con sus eucaliptos y casuarinas, el del 55 no había sido un junio más.

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