Argentina: la crisis que no cesa

Enfoques 10 de junio de 2019 Por
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Por: Enric González

Emisión de deuda

Las cifras son crudas: entre diciembre de 2015, cuando Macri llegó al poder, y 2018, cuando la economía fue intervenida por el FMI, Argentina había sido el mayor emisor mundial de deuda en términos absolutos y había acumulado créditos por casi 143.000 millones de dólares, más de la mitad de los cuales se fugaron al exterior.
Bajo las condiciones impuestas por el FMI, hubo que olvidar el gradualismo e imponer unos recortes brutales que condujeron a la enésima recesión. Contra toda lógica económica, la caída de la actividad no frenó la inflación. Ocurrió lo contrario. Hoy, a menos de cinco meses para las elecciones generales, la inflación acumulada durante el mandato de Mauricio Macri supera el 260% y el peso se ha devaluado un 360% frente al dólar. La construcción, el comercio y la industria, que representan casi la mitad del empleo argentino, han sufrido una caída de actividad cercana al 40% durante los ya once meses de recesión. El poder adquisitivo de los salarios ha bajado casi un 20%. Durán-Barba, el gurú ecuatoriano de Macri, reconoció esta semana al diario brasileño O Globo las dificultades para que el presidente consiga la reelección: «Si la economía estuviese bien, ganaríamos en la primera vuelta con el 60% de los votos. El Gobierno hizo mucho, hizo caminos, obras gigantescas, pero falló en la economía. Pensé que caminaría bien». Eso mismo pensaron muchos y ahora se sienten defraudados.
Volvamos a Chivilcoy, esa pequeña ciudad a 160 kilómetros de Buenos Aires, para ilustrar las cifras abstractas. La competencia exterior y la recesión provocaron el cierre de Paquetá, que pagaba mensualmente en salarios 13 millones de pesos. Esos 13 millones se gastaban casi íntegramente en Chivilcoy. «Vendo menos», dice Juan Pissini, propietario de un pequeño comercio de alimentación. «Lo que vendo ahora son cosas básicas, pan, harina, fideos, alguna botella de aceite», explica. En los negocios de electrodomésticos o automóviles, la caída de las ventas supera el 30%. Y, sin embargo, la auténtica crisis aún no ha llegado. Paquetá pagó indemnizaciones razonables por los despidos. Al peón-boxeador Raúl Alendre le correspondieron 500.000 pesos, de los que le quedan 150.000 (lo mismo que le debe al banco por un préstamo hipotecario) después de haber invertido el resto en obras en su vivienda, para alojar en ella un negocio de ropa que espera abrir dentro de un par de meses. Eso significa que aún se mueve dinero en Chivilcoy.

Despidos

Otro despedido, Lorenzo Lezama, ha dedicado la indemnización a instalar en su casa un pequeño taller de ventanas de aluminio. "De momento, vendo», comenta. Porque las indemnizaciones han propiciado un efímero instante de riqueza. Pero la inflación, de casi el 50% anual, se come sus beneficios. "Entre el momento en que encargo el material a la fábrica y el momento en que lo instalo, los precios suben y no puedo repercutir el aumento sobre el cliente: tengo que pagarlo de mi bolsillo», explica. El tallercito de Lezama es un ejemplo de lo que ocurre en miles de pequeñas empresas argentinas.
El Gobierno, sin embargo, cree que va por buen camino. Recibió en diciembre de 2015 una deuda pública que representaba entre el 41% y el 45% del PBI (las estadísticas no eran fiables) y la ha llevado hasta el 97%, si se contabiliza el préstamo del FMI. Ese dato no puede disimularse y pesa sobre cualquier perspectiva de crecimiento. Pero en el Ministerio de Hacienda prefieren resaltar otros datos. Heredaron un gasto público que suponía un 41,5% del PBI y lo han reducido al 37%. La presión fiscal ha bajado del 34% del PBI al 30%, el peso lleva semanas de relativa estabilidad y los altos cargos económicos aventuran que la inflación empieza a ser controlada. Tras el fuerte tirón de marzo, cuando los precios subieron un 4,7%, en abril el aumento se redujo al 3,4%, y para marzo esperan que rebase por muy poco el 3%. El objetivo es llegar a las elecciones con un 2% mensual. Eso supondría una previsión anual de inflación en torno al 24%. Excesiva, en términos objetivos. Aceptable, si se tiene en cuenta que ahora mismo está en el doble.
Néstor Kirchner llegó a la presidencia el 25 de mayo de 2003 con una Argentina en bancarrota tras el colapso de 2001-2002. Y, sin embargo, rápidamente se benefició de un círculo virtuoso: la devaluación había hecho más competitivos los productos argentinos, el desempleo había reducido los salarios reales, la coyuntura internacional mejoraba, las cosechas fueron buenas y el margen de crecimiento se hizo grande. Subieron los salarios, el mercado interno se fortaleció y fue posible crear fábricas como la de Paquetá.
Salvo por la coyuntura internacional, que no se vislumbra espléndida, la situación podría ser similar en los próximos años. Pero hay un grave inconveniente: la devolución del préstamo del FMI. Según las condiciones firmadas en Washington, en 2021 deben devolverse 3.800 millones de dólares; en 2022, 18.500; en 2023, 23.000 millones, y en 2024, 10.100 millones. Los pagos de 2022 y 2023 pueden aplastar cualquier crecimiento en una economía cuyo PBI anual apenas supera los 600.000 millones de dólares.
Tanto Alberto Fernández y Cristina Kirchner, la candidatura presidencial y vicepresidencial del kirchnerismo, como el peronismo moderado (Sergio Massa o Juan Schiaretti) consideran inevitable una renegociación de plazos con el Fondo. El Gobierno parece contemplar otra vía, no muy distinta: la de negociar un crédito adicional para hacer frente a esos dos años críticos y prolongar, por tanto, la relación de dependencia/tutela con el organismo internacional. Está por ver lo más importante en la ecuación: quién presidirá Argentina en ese momento. Si es todavía Macri, contará con el respaldo de Washington, sea Donald Trump u otro el presidente: la Argentina liberal del macrismo es vista como un aliado estratégico, de ahí la generosidad mostrada por el FMI.
Por ahora, el futuro inmediato no depara más que sacrificios. La caja del supermercado seguirá siendo el altar donde se oficia el lento ritual de la austeridad doméstica: se despliegan vales de descuento, se negocian plazos, se prescinde de algún producto si la cuenta total es demasiado alta. El invierno será frío, porque el aumento de las tarifas de gas y electricidad (entre el 300% y el 600% durante el mandato de Macri, a partir de las tarifas bajísimas y subvencionadas del kirchnerismo) hace prohibitiva la calefacción en muchos hogares. Y Raúl Alendre tendrá que pegarse en el cuadrilátero, a sus 37 años, con el sueño de conseguir que alguien le llame del extranjero y le ofrezca una pelea pagada en dólares.

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