Argentina: la crisis que no cesa

Enfoques 08 de junio de 2019 Por
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Por: Enric González

Raúl Alendre volvió anoche a casa con un ojo morado. Nada grave, un accidente en el gimnasio. Alendre empezó a boxear a los 13 años, pero durante la última década aparcó su carrera porque no le hacía falta combatir. Tenía un buen empleo. En diciembre, sin embargo, cerró la fábrica Paquetá de Chivilcoy, una localidad de la pampa bonaerense con 60.000 habitantes, y Alendre, junto a otras 700 personas, entre ellas su esposa, perdió el trabajo. Ahora, con 37 años y 63,5 kilos de peso, necesita volver al cuadrilátero. El próximo día 7 combatirá en Chivilcoy contra un muchacho de la capital y ganará 4.000 pesos, unos 80 euros, por asalto: el objetivo es seguir en pie hasta el final. Si todo sale bien, con dos o tres peleas más podrían tal vez ofrecerle un combate en el extranjero, en Brasil o Uruguay, donde pagan en divisa fuerte y ganaría, quizá, unos miles de dólares.
La factoría de Paquetá fue inaugurada en 2006 y, desde entonces, produjo zapatillas para las marcas Diadora y, sobre todo, Adidas. Fue un proyecto industrial mimado por el entonces presidente Néstor Kirchner. Llegó a tener 1.200 empleados y pagaba buenos sueldos: entre Raúl Alendre y su esposa, Daniela Olmos, juntaban 50.000 pesos mensuales. Unos mil euros. Podían ir al cine con su hija de siete años o comer fuera de vez en cuando, y, sobre todo, pudieron construirse una casita en una calle sin pavimento ni alcantarillado. "Yo solo tengo estudios primarios, soy un peón y nunca soñé con un empleo tan bueno como el que tuve en Paquetá", explica. "El banco me dio una tarjeta de crédito. ¿Se imagina? ¿Cómo no voy a simpatizar con los Kirchner, si ellos consiguieron traer aquí esa fábrica?".
La política le dio, la política le quitó. Desde 2016, la política liberalizadora de Mauricio Macri empezó a abrir las fronteras. Se levantaron los controles sobre el cambio de divisas y se redujeron los aranceles. Las zapatillas producidas en Chivilcoy dejaron de ser competitivas frente a las que se importaban desde Brasil o desde los países del sudeste asiático. Paquetá redujo la plantilla progresivamente y, en diciembre pasado, los últimos 700 trabajadores fueron despedidos. Lo de Chivilcoy, Paquetá y Raúl Alendre resume la historia económica de Argentina. El modelo peronista de protección arancelaria y relativo aislamiento frente al modelo liberal, empeñado en integrar por fin al país dentro del comercio planetario. Dos sistemas opuestos y de alternancia traumática. La presidencia de Mauricio Macri ha abierto muchas heridas y su gestión económica ofrece un pobre balance, pero el problema no es de ahora, sino de siempre. Las épocas de bienestar y esperanza concluyen de forma inexorable en crisis y amargura.
El Banco Mundial publicó hace un par de semanas un informe demoledor titulado Hacia el fin de las crisis en Argentina. En él se establece que los argentinos han sufrido 15 recesiones desde 1950. De esos 69 años, 23 registraron crecimiento negativo. El único país con peor registro es la República del Congo, un Estado fallido que lleva décadas en guerra civil intermitente. El Banco Mundial no se pierde en fórmulas amables: "Una de las principales explicaciones del magro desempeño macroeconómico de Argentina es su tendencia a llevar un nivel de vida fuera de su alcance, lo cual impulsa endógenamente sus ciclos de auges y crisis".

Divisa volátil

¿El resultado? Una elevada inflación crónica, punteada por ocasionales episodios de hiperinflación y de deflación, y una moneda extremadamente débil. El peso fue la divisa que más se devaluó frente al dólar en 2018. Perdió la mitad de su valor. Con perspectiva histórica, eso parece casi normal. Desde su creación, en 1881, el peso ha perdido 13 ceros frente al dólar. Su valor actual, en términos constantes, supone más o menos una billonésima parte del que tenía 140 años atrás.
El segundo mandato de Cristina Kirchner tuvo que encajar una pésima coyuntura internacional, marcada por la gran crisis iniciada en 2008. Su reacción fue típicamente peronista: protegió la industria nacional con aranceles y hacia el final de su presidencia tuvo que apuntalar el peso con el llamado "cepo", un mecanismo que limitaba de forma severa la compra de dólares.
El sucesor, Mauricio Macri, pecó de arrogancia. Aseguró que acabar con la inflación iba a ser tarea fácil. Con Macri llegó al poder la oligarquía argentina, empeñada en hacer del país "un país normal". Su gurú electoral, el consultor ecuatoriano Jaime Durán Barba, el hombre que pronosticó la victoria de Donald Trump antes que nadie, insistió una y otra vez en que Macri no debía rodearse de políticos tradicionales. Macri eligió rodearse de ejecutivos del sector privado y antiguos compañeros de su colegio, el selectísimo Newman de Buenos Aires. A uno de ellos, Alfonso Prat-Gay, vástago de una familia terrateniente de Tucumán, le correspondió el delicado Ministerio de Hacienda y Finanzas Públicas. Prat-Gay, hasta cierto punto "político tradicional" porque había sido diputado radical y gobernador del banco central con el kirchnerismo, apostó por un ajuste gradual. Durán Barba y su mejor alumno, el jefe de gabinete (primer ministro) Marcos Peña, partidarios de una rápida revolución política y económica, le detestaron desde el primer momento.
Prat-Gay desmontó el "cepo" cambiario sin demasiado estropicio (la devaluación automática fue de 10 a 14 pesos por dólar) y elaboró un primer presupuesto con recortes relativamente moderados. El déficit presupuestario fue del 3,9% del PIB en 2017, frente a un objetivo del 4,2%, y eso fue saludado casi como una hazaña: el gasto público se había rebajado por primera vez desde 2004, al comienzo del kirchnerismo. Pero Prat-Gay duró apenas un año. Fue reemplazado por Nicolás Dujovne, un economista más dispuesto a «trabajar en equipo», es decir, a obedecer a Marcos Peña, el ejecutor implacable de Mauricio Macri.
Como la inflación heredada de Cristina Kirchner rondaba el 25% (no existían estadísticas fiables) y cubrir el déficit imprimiendo papel moneda habría estimulado la tendencia inflacionista, Macri decidió pedir prestado. En el libro Macri, la historia íntima y secreta de la élite argentina que llegó al poder, la periodista Laura di Marco cita una frase del presidente, pronunciada en 2017: "A modo de evaluación, sigo pensando que fue un tremendo éxito haber evitado la crisis terminal. Sobre todo cuando lo miro en términos de cuánta plata tomamos prestada. Tomamos 47.000, casi 48.000 millones de dólares para pagar todos los vencimientos y desastres que habían dejado estos tipos, con un país quebrado atrás. Entonces digo, a la pelota, qué éxito. Si vos vas al banco en cesación de pagos, sin un mango de reservas, quebrado, y el banco, a pesar de que no le pagaste, te vuelve a prestar 47.000 millones más, es un éxito descomunal".
Qué tiempos aquellos, los del "éxito descomunal". En 2017, segundo año del mandato de Macri, Argentina ya mostraba un cuadro macroeconómico alarmante: sus déficits fiscal, comercial y por cuenta corriente estaban entre los más elevados del mundo y el peso, en flotación, no dejaba de devaluarse mientras aumentaba la deuda externa. La catástrofe llegó en abril de 2018, aunque, según admitió a este diario un alto cargo de la Casa Rosada, desde enero el Gobierno era consciente de que la economía iba a despeñarse. Una "corrida cambiaria" en abril y otra en agosto pulverizaron el peso y dispararon la inflación. Hubo que recurrir, de nuevo, al Fondo Monetario Internacional (FMI), que en septiembre concedió a Argentina el mayor préstamo de su historia: 57.000 millones de dólares.

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