El fútbol es arte

La otra mirada 15 de abril de 2019 Por
Poeta y escritor, pero también actor, periodista, filósofo, dramaturgo, pintor y figura política, el notable cineasta italiano era un enamorado del fútbol, además de fanático de Bolonia y fervoroso jugador que surcaba la banda izquierda del ataque. Este es un resumen de esa relación.

"De no haberse dedicado al cine y a escribir, ¿qué le habría gustado ser?", le preguntó el periodista del periódico La Stampa, Enzo Biagi, en enero de 1973, a Pier Paolo Pasolini. Entonces, el genial director contestó sonriendo, "un buen futbolista. Después de la literatura y el eros, para mí el fútbol es uno de los grandes placeres".
Pasolini nació en Bologna en 1922 y tal vez sus nombres apostólicos marcaron la búsqueda religiosa. Católico propenso a la blasfemia o ateo desvelado por lo sagrado y sus representaciones, cualquiera de las descripciones le cabe a su crisol ideológico. Era comunista, pero el partido lo echó por sus desviaciones burguesas. Para el PCI, la homosexualidad era un desliz que conspiraba contra la clase obrera, y Pasolini jamás se escondió en el closet. Ejerció su sexualidad sin ataduras y hasta convirtió sus atracciones eróticas en objetivos artísticos y políticos.
Pasolini, como el filósofo alemán Heidegger, era un futbolista experimentado, cumplía la condición de haber practicado fútbol de pequeño en la periferia de Roma. En su libro "Ragazzi di vita" (1955) están reflejadas sus propias memorias futboleras, pateando el balón sobre un terreno negro de carbón fósil… No desapareció esta pasión ilimitada en su juventud. En su vida universitaria fue nombrado capitán del equipo de fútbol de la Facultad de Filosofía y Letras de Bologna. Y como Heidegger, también era un Wing zurdo y habilidoso, algunos que vieron su juego lo calificaron sin dudar de una "fantasiosa ala destra". En algún aspecto Pasolini superó al mismo Heidegger, no sólo en honestidad intelectual sino en rigor analítico. "Tifoso" del Bologna FC, nunca se conformó con la mera práctica y quiso escribir una verdadera filosofía existencial del fútbol. Intentó teorizar sobre el juego, reflexionar sobre ese imposible sueño de un partido eterno sin ganadores ni perdedores. En sus primeros planteamientos, define al fútbol como "la última representación sagrada que nos queda en nuestros tiempos". En el fondo, el "calcio" es esencialmente un rito con mecanismos de evasión, y mientras que la misa litúrgica está en declinación, el fútbol la ha reemplazado, e incluso ha invadido y conquistado antiguos espectáculos de masa como la ópera y el teatro.
"En el fútbol hay momentos que son exclusivamente poéticos: se trata de los momentos del gol. Cada gol es siempre una invención, es siempre una perturbación del código: todo gol es estupor. Precisamente, como la palabra poética. El máximo goleador de un campeonato es siempre el mejor poeta del año", afirma. Y agrega, en referencia a la historia todavía fresca: "¿Quiénes son los mejores gambeteadores del mundo y los mejores goleadores? Los brasileños. Por lo tanto, su fútbol es un fútbol de poesía: de hecho, en él todo está basado en la gambeta y en el gol. El ´catenaccio´ y la triangulación son un fútbol de prosa. En efecto, está basado en la sintaxis, o sea en el juego colectivo y organizado: es decir, en la ejecución razonada del código. Su único momento poético es el contraataque, con el gol añadido (que, como hemos visto, no puede más que ser poético)".
A pesar de ser fanático del Bologna, todos los domingos que podía se iba al estadio Olímpico de Roma. Cuando estaba en otra ciudad no se perdía la ocasión de ver fútbol en directo, lo acuciaba la "febbre del calcio". Su última convivencia apasionada con el fútbol fue un curioso partido, que llamó con ironía "una partita di dilettanti". Durante un primaveral 16 de marzo de 1975 se enfrentaron en Parma los equipos de rodaje de Novecento, de Bernardo Bertolucci, y Saló o los 120 días de Sodoma, la última película de Pasolini. Dos films que hablan sobre el Mal desde ópticas disímiles pero con un mismo objetivo. Era además el día del cumpleaños de Bertolucci, El partido de fútbol fue el punto culmine que, además, debía servir para restablecer la paz entre ambos equipos de trabajo. Es que había mal ambiente generado por las críticas formales de Pasolini y mal acogidas por su antiguo ayudante de dirección. El campo de fútbol elegido fue el de Citadilla, no lejos de Tardini, allí incluso jugaba el Parma-B. Pasolini por supuesto jugó de extremo y lució el brazalete de capitán. Su squadra llevaba camisetas de su amado Bologna. El resultado fue Novecento, 5 – Saló, 2. Así apareció en las noticias de La Gazzetta di Parma, aunque Bertolucci aseguró que ganó su equipo 19 a 13 y que Pasolini había abandonado el campo enfurecido al sentirse ignorado por los jugadores más talentosos de su equipo. Tan solo siete meses después de la derrota en Citadilla y del descenso a los infiernos de la República fascista de Saló, Pasolini moría asesinado en Ostia. Nos queda su utopía deportiva, volver al idealismo liceísta cuando jugar al fútbol-poesía era la cosa più bella del Mondo.
"El fútbol es la última representación sagrada de nuestra época. En el fondo es un rito, aunque también es evasión. Mientras que otras representaciones sagradas, incluso la misa, están en declive, el fútbol es la única que nos queda. El fútbol es el espectáculo que ha sustituido al teatro, lo que no pudo hacer el cine". La reflexión integra el libro, "Sobre el deporte", publicado por la editorial catalana Contra, dedicada al deporte y la música, escrito por Pasolini.

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