Nuestra gloria queda lejos

La otra mirada 12 de marzo de 2019 Por
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- El Eco de Tandil

"Ningún dolor más grande que acordarse del tiempo dichoso en la desgracia; y tu guía lo sabe", Dante Alighieri, "Divina Comedia", Infierno, Canto V, v. 121 al 123.
Gastón Fernández tira un centro desde el córner con calidad para que el flaco alto se arquee en el aire, gire su cabeza en el momento justo para impactar la pelota, y entonces esta se meta junto al palo derecho del arquero de Gimnasia. De golpe estalla media ciudad de La Plata, la de los hinchas de Estudiantes, mientras el goleador se abraza con todos, con sus ojos mirando al cielo. Lucas Albertengo, el de Eguzquiza, que jugó setenta partidos en Atlético, demuestra en solo una jugada su calidad, largamente avalada por su trayectoria.
Se canta en las calles de Udine, y se repiten nombres argentinos con tonada italiana. El de Rodrigo De Paul. Y el de Ignacio Pussetto. Es que solo un rato antes le habían ganado a Bologna por 2 a 1 con los goles de ambos, pero el que selló el resultado fue también un golpe de cabeza de un ex Atlético. El de Cañada Rosquín se puso 44 veces la camiseta a bastones celestes y blancos. Ahora deslumbra bien al norte de Italia, para que triunfe el Udinese.
Son, mientras celebran, dos veces símbolos Ignacio y Lucas: por un lado, equivalen al fútbol y sus cumbres; por el otro, representan un dato que define la realidad de Atlético: si la vida tiene fiesta, la misma queda demasiado lejos. Es así, Albertengo y Pussetto significan, en un puesto entre los puestos, el desarrollo y el potencial del fútbol. Pero a la vez, su capacidad y sus logros se expanden en otros sitios, a modo de certificación de que ni nosotros ni la Argentina están en condiciones de tener y retener lo mejor que construyen.
Se dirá que aplaudir a la distancia es una condena histórica, que los mejores futbolistas del país se fueron, se van y se seguirán yendo, que triunfar siempre queda en otra parte. Como consuelo: es pobre, ya que la persistencia de una imposibilidad en el tiempo solo puede dar bronca o dolor. Y es que todo esto se potencia porque tras la desaparición de aquel equipo de Atlético que logró 50 puntos para mantenerse en Primera, en un torneo de 20 equipos, con nivel de elite, hace ya demasiado tiempo, todo parece ser cuesta abajo para la realidad de la crema. Y entonces todas las ausencias duelen. Fundamentalmente la ausencia de un equipo que genere ilusión.
Después de dos partidos en que gozamos con victorias bien distintas, una con brillo y goles, y otra con demasiadas sombras y mucha angustia, parecía que por fin llegaba un tiempo para volver a ser protagonistas. Pero el baño de realidad que sufrimos en la Copa Argentina, nos hizo ver todas las carencias que tiene este plantel, que se desnudan en cada equipo que Llop pone en cancha. Sin fútbol, si valor para intentar jugar por abajo, con la recurrente decisión de pegarle a la pelota de punta y para arriba, sin capacidad en sus delanteros para generar una jugada de gol por acción propia. Nada de nada. Y todo ante un equipo tan limitado como el de Tandil, que hasta parece una falta de respeto al juego darle los tres puntos.
Desde el inicio este plantel se ha parecido al último tiempo del fútbol de Atlético, lejos, tremendamente lejos de los tiempos en que el hincha se sentía protagonista del torneo que sea.
Impactan y brillan Albertengo y Pussetto. Son figuras, como tantos otros que pasaron por el Monumental. Como el mismo Gustavo Alfaro, que hoy dirige a Boca. Son grandes. Tan grandes como la distancia que separa a la realidad de ellos de la que sufre la Crema.

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