Jugar con los recuerdos

La otra mirada 11 de febrero de 2019 Por
El 25 de enero cumplió 65 años Ricardo Bochini, el ídolo máximo de la historia de Independiente. Solo vistió esa camiseta en sus casi veinte años vida deportiva, y con ella ganó trece títulos: 4 Torneos Locales, 4 Copas Libertadores, 2 Intercontinentales y 3 Interamericanas. Pero fundamentalmente es el referente del estilo de juego que todos queremos para nuestro equipo.

"El tipo que arruinó mi adolescencia y mi primera juventud se llama Ricardo Bochini. Físico esmirriado, cero músculos, poco pelo, expresión neutra, que no cabeceaba ni le pegaba fuerte. ¿Qué hacía? Era un maldito genio. Gambeteaba hacia adelante y con un toque, tac, preciso, quirúrgico, insoportable, dejaba a su 9 solo frente al arco rival. Gol. Fue, lo afirmo, el más grande exportador de madera. Él se quedaba, fiel como Penélope tejiendo la bufanda roja de Odiseo, y vendían a precio de oro los 9 que inventaba. Negoción. La estadística del clásico, dominada por Racing hasta su debut, se dio vuelta dramáticamente. Por su grandísima culpa", Hugo Asch, periodista, hincha de Racing.
Rácing e Independiente, habitantes de una ciudad vital en la historia de nuestro fútbol. "Avellaneda -escribe Alejandro Wall en su hermoso libro ´¡Academia carajo!´- es la Cachemira del fútbol, una zona en disputa. Dos canchas separadas por 200 metros se miran de costado. El ´Libertadores de América´ y el ´Juan Domingo Perón´, una pareja de construcciones irreconciliables". Con fronteras que llevan los nombres de Almirante Cordero y Ricardo Enrique Bochini. Cruces por las calles Italia o Alsina. Pero nadie entra en territorio enemigo. Es una convivencia a los codazos. Casi un conflicto de medianeras. Dos elefantes de cemento separados por dos cuadras. Avellaneda como capital de la desmesura futbolera. Un récord del que ninguna ciudad puede enorgullecerse en el mundo. "Eso -dice Wall- es un país que ama el fútbol".
Miro menos partidos en estos tiempos modernos, tal vez porque la pantalla está hecha pelota y lo que abunda suele cansar, ya no hay misterio en la promoción de un encuentro y, mucho menos, expectativa. Pero también, fundamentalmente, porque estoy desilusionado por la manera en que se juega y por el modo que nosotros empujamos a que se juegue así. Lo primero lo veo con culpa, porque en mi infancia siempre me enojaba cuando mis mayores hablaban de que todo tiempo pasado fue mejor. Tal vez yo esté ahora cometiendo el mismo error. Pero de lo segundo estoy convencido. Yo he visto muchas veces a la hinchada de Atlético despedir con silbidos al equipo por jugar mal, aunque hubiese ganado. Ahora todo se soporta si se consigue la victoria. Y hasta se festeja hacerlo con trampa. No tengo claro cuando el hincha argentino comenzó a olvidarse que el fútbol es un juego maravilloso por el que vale la pena sufrir o gozar pero, fundamentalmente, disfrutar. Es que el fútbol debería ser una excusa para tener felicidad.
Al lado mío está mi hijo, hincha de Messi y del Barcelona, por esto de la globalización, creo. Me pregunta por Maradona, quiere saber si era más o menos que Leo. Entonces me sirve para hablarle de otros. De los que vi. De Houseman y de Cruyff, de Alonso y de Zyco, de Francescoli y de Zidane. Y de Bochini, que para mi sigue siendo un referente a la hora de explicar cuando un jugador entiende el fútbol. Buscamos en la computadora algunas imágenes retro dejando el partido actual olvidado. Su primera pregunta fue casi una definición que me dejó sin palabras, "acá ya era veterano, ¿no?". Acá, como dijo Joaquín, el Bocha le hacía un gol notable a Wirtz en el clásico del 87 ante Rácing, empalándola de manera majestuosa. El recuerdo me provocó una sonrisa. Es que Bochini era eso, una suerte de duende mágico con imagen de Chaplin. Traté de explicarle que fue más que un ídolo. Los ídolos siempre fueron una necesidad del hincha, pero también debieron contar con impulso personal. Y si bien hubo éxodo interno en los setenta, transferencias internacionales en los ochenta y emigración masiva desde los noventa., la chapa de ídolo se les pegó a muchos. La diferencia radica en que cuando todavía no eran los tiempos de cambio rápido de figuritas, cuando se podía recitar de memoria todas las formaciones de los equipos, quien llegaba al pedestal de ídolo lo hacía para anidar en el alma del hincha. Lo cierto es que Ricardo Enrique Bochini, que sólo jugó en Independiente, por eso y por todo lo que hizo y por todo lo que ganó su equipo con él, traspasó la barrera de ídolo: llegó a prócer del club de Avellaneda. Y hasta le pusieron su nombre a una calle.
Explicarle como jugaba ese hombrecito de cuerpo frágil y cabello escaso no era una tarea sencilla si no se buscaba por el lado de los sentimientos. Entonces le dije que Bochini era un poeta del fútbol. Un futbolista que usaba los músculos de un hombre corriente y al que cualquier extraño al fútbol podría haber confundido con un portero de edificio de cualquier barrio porteño. Bochini era genial pero no sostenía su acción en ese genio. El actuaba como un militante de lo colectivo, diseñaba jugadas con formato de casas grandes en la que cabían la totalidad de sus compañeros. Era un artesano que gestaba jugadas de gol, un artista de la precisión. Por años la hinchada de Independiente le pedía a Dios, con la música de León Giecco, que “Bochini juegue para siempre”. Pero el Bocha no jugó para siempre. Una tarde de 1991 Pablo Erbín le dio una patada tan grosera y dura que lo sacó de las canchas. Meses después el estadio entero gritaba "porque te quiero, te vengo a ver, aunque esta noche sea la última vez". Era, justamente, la noche de su partido despedida.
Sin su prócer, Independiente no fue el mismo. El club perdió identidad. Siempre habrá equipos y jugadores que defiendan la esencia, que jueguen a la pelota y no solamente corran detrás de la pelota, tipos que jueguen como lo hacía Bochini. "Seguro, como el Barsa, como Messi, Griezmann, Hazard o Neymar", me dijo Joaquín. Quise decirle que ninguno juega en nuestros torneos, pero recordé lo de que todo tiempo pasado fue mejor, y me callé. Elegí seguir mostrándole videos de Bochini. Encontré un compilado del programa 25, conducido por Gonzalo Bonadeo en TyC Sports. Goles de sus primeros años, cuando lo tenía de hijo a Rácing, justamente. Y de su etapa final, donde la víctima reiterada era Boca. Y hasta aquel remate desde mitad de cancha, jugando raramente en el seleccionado, en Dusseldorf y ante Alemania, cuando Harald Schumacher la sacó milagrosamente sobre el travesaño. Mi hijo pide más y yo inflo el pecho, aunque no sea hincha de Independiente.
En otra nota, Hugo Asch afirmaba que Bochini le había arruinado su adolescencia y que lo detestaba por no haber jugado en Rácing. "Que le costaba hacer un par de cuadras más y entrar a entrenar al cilindro. O, al menos, irse joven al exterior. No, el tipo, para amargarme más, se quedó para siempre".
Seguimos un rato más con los vídeos, y sin querer me acordé de Brasil en el Mundial 70. Porque la imagen de Bochini era casi igual a la de Tostao. El Lobo Zagallo era el técnico que puso a jugar juntos a Jairzinho, Gerson, Tostao, Pelé y Rivelino. Todos eran 10 en sus equipos. Cinco talentos y un 5 –Clodoaldo, el eje del equipo– afirmado en el medio. Una audacia, aun en aquellos tiempos de un fútbol más pausado, con tiempo para pensar y retroceder. Sólo el exuberante genio de esos jugadores permitió que Brasil ganara ese Mundial sin despeinarse. Intentar un esquema similar, hoy, suena más a suicidio que a lirismo o utopía. Las cosas, para bien o para mal, no son lo que eran entonces. Lástima.
"Tostao", dije en voz alta. "¿Quién?", preguntó Joaquín. "Tostao, un genio de Brasil, otro más. Jugaba junto con Pele y otros tres como él en la Selección que ganó el Mundial del 70. Eran cinco números diez. Acá están, en la foto". Me miró como quién mira a un loco, "Cinco diez. Y jugaban juntos. Mira papá, mejor dejamos de ver cosas viejas, me parece que te hace mal", afirmó preocupado. "Cinco diez juntos, dos son pelados y parecen veteranos", susurró entre dientes. Entonces se paró moviendo la cabeza. Y se fue a jugar a la play.

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