La dignidad del fútbol

La otra mirada 08 de febrero de 2019 Por
"Buscó su acostumbrado miedo a la muerte y no lo encontró. ´¿Dónde está ella?, ¿Qué muerte?´ No había miedo porque tampoco había muerte. En el lugar de la muerte había solamente luz". León Tolstoi (1828-1910); de "La muerte de Iván Illich" (1886).
Columna

Pagani suele contar anécdotas del inolvidable Adolfo Pedernera, jugador exquisito, como aseguran aquellos que lo vieron como eje natural de La Máquina de River, y maestro desde el ejemplo. Apóstol de la ética, solía entregar principios futboleros inviolables desde su visión de tipo derecho, filósofo de la calle, curtido de madrugadas. Decía Adolfo, según Pagani: "¿Festejar un gol de penal? Bueno, a veces puede ser decisivo, pero el jugador de verdad debe tener cierto decoro. Por ahí un grito, un puño apretado...Pero sin bandera. El penal tiene que ser gol, no es ninguna hazaña convertirlo..." También César Luís Menotti adhiere a ese concepto. Eran otros tiempos aquellos de los 40 a los 60, los que transitaron ambos. Ni mejores ni peores, distintos. Menos apuros, menos tecnología, más atención a los valores intangibles, menos exitismo, más decoro.
¿Y un gol en contra, Adolfo? ¿Cómo lo tomaban?... "El que podía se acercaba al que había sufrido esa desgracia deportiva y le brindaba su aliento, le extendía la mano, le daba una palmada... Los otros se daban vuelta y volvían al medio de la cancha. Hay que ser jugador para comprender la bronca que provoca hacer un gol en contra..." Roberto Perfumo, uno de los mejores defensores de la historia de nuestro fútbol, tampoco toleraba ciertas miserias instaladas en el ambiente, como simular foules, pedir amarillas o rojas para un colega, hacerse atender por un rasponcito… En su código, quien se quedaba en el suelo agrandaba rivales y avergonzaba a sus compañeros, que ya se la harían pagar en el vestuario. Quizás no todos procedían tan rigurosamente como estos tres. Pero el concepto era compartido. Hasta que empezaron a pasar los años, y llegó la fiebre. Ganar a cualquier precio, ganar o morir, ganar es lo único, al rival hay que pisarlo... Entonces, se festejan los penales convertidos corriendo, saltando, besando camisetas, haciendo montañas. Y los goles en contra se disimulan detrás de festejos épicos, como si el gol hubiera sido propio.
Sin embargo, cuando ocurren hechos que trascienden la lógica actual del juego, el fútbol recupera su dignidad. Se vio como reaccionó tras el accidente de Chapecoense o del dueño del Leicester City, el tailandés Vichai Srivaddhanaprabha. No hace distinción, se trate o no de jugadores, si está dentro de este mundo tan particular, la pelota se conmueve. Y ocurre nuevamente, lamentablemente, por la desaparición de Emiliano Sala.
La muerte no es sangre, cuerpos rígidos o mutilados. Eso es el shock, el terror humano. La muerte es la ausencia. Carlos Páez Vilaró, sobreviviente del avión que se estrelló a 3.500 metros en los Andes en 1972 y sobrevivió 72 días con otros 15 amigos en condiciones extremas, dijo cierta vez. "Uno entra a un avión y siempre piensa que se puede caer. Pero cuando pasa y todo se sacude, la situación se vuelve irreal. Como si no sucediera. No es fácil de entender si no viviste algo así, pero te ves en una pesadilla. Y pensas que nada de eso puede ser cierto". Ojalá el pibe de Progreso no se haya dado cuenta que se moría, y se haya ido abrazado a su sueño de jugar en la Premier, sabiendo que ya había triunfado. Ojalá.
Los hinchas del club Nantes se autoconvocaron por las redes para rezar por su alma, miles de futbolistas, rivales y compañeros, de aquí y de allá, le dedicaron mensajes a su alma y a su familia, hubo oraciones en canchas y tribunas y festejos de goles con miradas clavadas al cielo, y hasta se llevó adelante una movida importante para juntar fondos y seguir buscándolo de manera privada. Nunca es tarde. Porque las dignidades no tienen tiempos. Y en estos días tristes, el fútbol recuperó su dignidad.

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