Un siglo de una pasión que le dio identidad a Rafaela

Especiales 13 de enero de 2019 Por
En 1919 la Humanidad estaba tratando de cerrar las heridas sangrientas que había dejado la Primera Guerra Mundial.
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1 / 3 - El Autódromo "Ciudad de Rafaela" es un ícono del automovilismo mundial. - foto: D.Camusso

Apenas habían pasado unos meses desde 11 de noviembre de 1918, el día en que el imperio alemán depuso oficialmente las armas y firmó el Armisticio que ponía fin a la guerra que –decían entonces- había estallado para terminar con todas las guerras. Millones de muertos en las trincheras eran el saldo de la primera gran catástrofe del siglo XX.
Como en todo conflicto bélico de magnitud, los campos de batalla también habían visto el resultado de inventos recientes que se habían desarrollado. El automóvil era uno de ellos. Aunque ya tenía un par de décadas escritas, los sistemas de producción industrial –estimulados por las necesidades de la guerra- habían comenzado a masificar el uso de los vehículos a motor, y comenzaban a dejar atrás la tracción a sangre.
Rafaela, poblada todavía por distintas corrientes de inmigrantes que descubrían en la inmensa llanura del oeste santafesino posibilidades de progreso, también se había ido sumando al desarrollo de la mecanización del transporte de personas y cargas y de las actividades agrícolas. Y casi en paralelo nació el amor por los fierros. Los de carrera, claro está.
Así, el 25 de mayo de 1919, apenas 7 meses después de que cesara el tronar de los cañones en la Europa devastada, en esta parte del mundo, organizada por Atlético de Rafaela, se realizaba la primera carrera de automóviles. Seguramente ninguno de los protagonistas de aquella epopeya inicial, incluidos dirigentes, pilotos y público, imaginó que aquella grilla de partida armada en el Bv. Lehmann estaba el rito fundacional de una pasión destinada a trascender generaciones y convertirse en un ícono de la identidad rafaelina que trascendió fronteras y le dio un lugar en el mundo del deporte motor.
Dice la historia que fueron pocos los intrépidos que se le animaron al recorrido de aquella primera carrera. Allí etuvieron Angel Gallé, Antonio Valenti, Juan Colombetti, Jorge Cohen, Juan Macci y Oberdán Piovano. Se alinearon para largar en la esquina del boulevard Lehmann y calle Alem, sobre un recorrido de 320 kms. que unió Rafaela con las localidades de Lehmann, Ataliva, Sunchales, Tacural, Morteros, Brikmann, Porteña, Luxardo, San Francisco, Clucellas, Saguier y Susana. Para la estadística, se cuenta que ganó Piovano con un Overland a un promedio de 77,349 km/h. Segundo Juan Colombetti con Studebaker y tercero Juan Macci con Chevrolet.

De Piovano a Lambiris

Cuando Mauricio Lambiris cruzó la meta, apenas pasado el mediodía del 29 de julio de 2018, una batería de fuegos artificiales acompañó el banderazo de la victoria. El uruguayo, con el auto identificado con la marca Ford, fue a los brazos de la sensual Nicole Neumann para recibir el cheque del millón de pesos con el que se premió al ganador, mientras una multitud invadía cada rincón del autódromo de Rafaela para saludar a los ídolos, tocar a las máquinas y ponerle punto final a la fiesta del TC en la ciudad, con la promesa silenciosa de volver a la próxima. Y la próxima, se sabe, será el 24 de mayo de este año, para festejar el cumpleaños número 100 de esa relación de amor pasional que une a Atlético y a Rafaela con el fuego sagrado de la velocidad.
Claro que de aquél triunfo del Overland de Piovano a éste más cercano del Ford de Lambiris hubo gestas inolvidables. Aquellas 500 Millas Argentinas legendarias que nacieron en el viejo trazado de la zona Oeste, en la prolongación del Bv. Roca, donde aficionados de todo el país llegaban en tren –sí, en tren- hasta la zona de la recta principal para admirar a los autos armados en talleres artesanales, donde los mecánicos más calificados le daban vida a verdaderos monstruos de la velocidad, conducidos por los pilotos más brillantes de todas las épocas. De todas esas carreras fabulosas, que perduran en la memoria colectiva de los rafaelinos, podrá rescatarse como la más significativa aquélla de 1950, cuando las fabulosas Talbot francesas que descollaban en el automovilismo internacional pisaron la tierra rafaelina y un tal Juan Manuel Fangio –en el mismo año en que se coronaría por primera vez campeón mundial- hacía delirar a los fanáticos.
Llegó la mudanza al óvalo, la pavimentación, la inolvidable e irrepetible gesta de las 300 Indy, cuando el sueño de traer a los mismos autos que competían en el legendario óvalo de Indiana –inspirador de nuestras 500 Millas- se convirtió en realidad. Y la historia más reciente, con Atlético entrando en la historia como el único club de la Argentina que organiza las carreras con mayor historia de la Argentina y al mismo tiempo incursiona en los máximos niveles de la otra pasión popular por excelencia, como es el fútbol.
Siempre será injusto mencionar a unos dirigentes sobre otros. Pero es imposible soslayar los aportes de Eduardo Ripamonti, el Ing. Juan Báscolo, Eduardo Ricotti y el inolvidable Ero Borgogno, cuyos trabajos, en distintas épocas, tuvieron el sello del amor por Atlético.
Cien años de automovilismo en los 112 años de Atlético. Y lo mejor todavía está por venir.

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