La salida para la Argentina está en las exportaciones

Enfoques 28 de noviembre de 2018 Por
No parece estar tan equivocado Jair Bolsonaro, el presidente electo de Brasil, cuando ve en Chile un modelo de crecimiento económico que ha sido exitoso en una Latinoamérica que anda a los tumbos.
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Por Roberto Cachanosky

La principal virtud del modelo chileno ha sido ver el mundo como una oportunidad, es decir, un mercado al que tenía que incorporarse Chile para poder exportar más. Las mayores exportaciones requieren de más volumen de producción y los mayores volúmenes de producción exigen inversiones, que son las que traen el progreso.
Comparando el modelo de apertura de Chile con el de sustitución de importaciones adoptado por Argentina se observan los siguientes resultados.
Chile logró ese cambio fundamental en su evolución de la economía bajando los aranceles pero previamente el Gobierno hizo las reformas estructurales necesarias para que las empresas pudieran competir. Chile abrió su economía para forzar a sus empresas a invertir y exportar. Argentina se escondió detrás de una muralla proteccionista y no quiso llevar a cabo reformas estructurales.
Si vemos los últimos 57 años de exportaciones, Chile pasó de exportar el equivalente al 13% de su PBI para llegar al 28,7% el año pasado. Es decir que con relación al PBI, Chile más que duplicó sus exportaciones.
La Argentina pasó del 7,6% del PBI, en 1960, al 11,2%, en 2017 y ese aumento del 47% se explica gracias al cambio tecnológico que hubo en materia agrícola.
Tomando datos de la Organización Mundial de Comercio, en 1948, cuando no hacía tanto habíamos ingresado al modelo de sustitución de importaciones, las exportaciones argentinas representaban el 2,8% de las exportaciones del mundo. En 2017, en tanto, las exportaciones Argentinas, detrás de la muralla proteccionista, representaron el 0,3% de las exportaciones mundiales. Sí, como lo lograron otros países, hubiésemos mantenido nuestra participación del 2,8% en las exportaciones mundiales, en 2017 deberíamos haber exportado USD 496.000 millones en vez de los USD 58.400 millones que exportamos. ¿Cuánta riqueza y cuántos puestos de trabajo dejaron de crearse por exportar USD 437.600 millones menos de lo que podríamos haber exportado?
Es cierto que el ingreso de nuevos países exportadores, como los del sudeste asiático, pueden haber influido en la menor participación de Argentina en el comercio internacional, pero también es cierto que los países que lograron incrementar sus exportaciones lo hicieron en base a reformas estructurales y atracción de inversiones.
Comparemos la participación del comercio exterior de Argentina con relación al total de las exportaciones mundiales y veamos qué ocurrió con otros países. Ya vimos que el modelo de apertura de Chile lo llevó a duplicar sus exportaciones sobre el PBI.
Si a Argentina y Corea del Sur entre 1948 y 2017, se ve cómo se cruzan las curvas. En 1948 exportábamos el 2,8% de las exportaciones mundiales y Corea solo el 0,03%. En 2017, exportamos el 0,33% de las exportaciones mundiales y Corea el 3,24% del total.
Ni por casualidad Corea tiene los recursos naturales que tenemos en Argentina. Corea atrajo inversiones con flexibilidad laboral y bajos impuestos, porque no tiene la pampa húmeda ni Vaca Muerta.
Pero así como Corea y buena parte del sudeste asiático nos pasaron por encima en exportaciones, países que quedaron sepultados bajo los escombros luego de la Segunda Guerra Mundial como Alemania y Japón también vieron el mundo como una oportunidad, adoptaron políticas de libre mercado y se lanzaron a competir.
En 1948, a tres años de haber finalizado la Segunda Guerra Mundial, todavía bajo los escombros y reconstruyendo sus economías, Alemania exportaba el equivalente al 1,35% del total de las exportaciones del mundo y Japón el 0,44%. Argentina, 2,8 por ciento. En 2017, Alemania exportaba el 8,2% del total global; Japón, 3,9%; y Argentina, 0,3 por ciento. Lo que exportaba Japón después de la guerra lo pasamos a exportar Argentina en 2017.
Con estos dos ejemplos, nadie puede decir que Alemania basó el aumento de sus exportaciones en la explotación de la mano de obra dándoles de comer un plato de arroz a los alemanes. Tampoco fue por el plan Marshall del cual fueron beneficiados 16 países. El monto total del plan Marshall fue de USD 13.000 millones de aquella época, que hoy serían unos USD 130.000 millones. El que se llevó una mayor tajada del plan Marshall fue el Reino Unido, con el 26% del total. Alemania fue la tercera en la lista, luego de Francia, y obtuvo el equivalente al 11% del total, unos USD 14.300 millones actuales, el 27,5% del apoyo que acaba de recibir Argentina del FMI.
Cualquier ejemplo sobre cómo países que estaban en la miseria, o bajo los escombros luego de la Segunda Guerra Mundial, lograron salir adelante, va a encontrar que esos países vieron el mundo como su mercado, no se volcaron a un modelo proteccionista y mucho menos a la sustitución de importaciones. Claro, hicieron todas las reformas que tenían que hacer para poder competir en el mundo. Eso pasó en la Alemania conducida por Adenauer con la economía de mercado aplicada por Ludwig Erhard, que luego fue Canciller; pasó en el sudeste asiático, en Japón, Chile, Irlanda y todos los países que mejoraron el nivel de vida de sus habitantes.
Es una locura imaginar una lluvia de inversiones para abastecer un mercado interno de 44 millones de habitantes de los cuales el 30% es pobre. Solo puede haber una lluvia de inversiones si se apunta al comercio exterior, a las exportaciones, y eso no requiere de un tipo de cambio alto sino que necesita reformas estructurales que atraigan inversiones, en particular lo que tiene que ver con la reforma laboral e impositiva.
Grosero error es creer que vamos a crecer, como dicen oficialistas y oposición, impulsando el consumo interno. Con este mercado interno repleto de pobres no llegamos ni a la esquina. Nuestra única salida es el mundo. Una vez que se produzca la lluvia de inversiones para exportar porque hicimos las reformas estructurales, entonces mejorará el ingreso real y habrá más consumo. Pensarlo al revés es poner el carro delante del caballo.

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